
Los golpes de los vecinos del 3º D parecían derrumbar la puerta, pero Santiago seguía inmóvil sentado en el sillón del comedor, la cabeza agachada mirando sus manos, aquellas que hace poco más de media hora rodearan el cuello de Patricia para apretarlo con la fuerza de una locura desatada. Por su mente comenzaba a repasar lo sucedido esa noche.
Dejó a Maxi y Sole con sus abuelos para cumplir con un programa pendiente de cine y jueguitos. Santiago no quiso quedarse, pensó que podía haber una luz de esperanza en su vida para volver a recobrar su familia, que podía convencer a Patricia de que lo mejor para los chicos y para ella era estar juntos. Ya no más reclamos y exigencias de su parte por la casa perfecta, por los gastos totalmente controlados y declarados. Ya no más llamarla a toda hora, ni revisar su correspondencia, iba a creer en su palabra. Iba a respetar sus decisiones, aunque no llevaran la lógica de una mujer des su edad y madre de 2 hijos.
Compró un ramo de flores y alquiló una película, esperando encender la chispa del fuego convertido en pálidas cenizas desde hace ya varios años. Había conservado una llave del departamento que ocupara la familia antes de divorciarse, así que sólo era cuestión de sorprenderla.
Como un fénix melancólico entró en el departamento sin hacer ruido, esperando encontrar a Patricia en una tarea o en algunos de sus escasos ratos de lectura. Siempre le pedía tiempo para ello: para estar tranquila haciendo lo que más le gustaba. Siempre estaba el reproche del cansancio en la punta de la lengua para negarle aquellos momentos de pasión que tuvieran durante muchos años. Santiago nunca había entendido por qué Patricia se negaba a volver a temblar en sus brazos, si lo tenía todo, había alcanzado el estado de esposa locamente amada, su falta de respuesta seguramente se debería a algún problema. O a todas esas ideas raras introducidas por Teresa, su amiga de toda la vida, aquella de la cual no había podido separarla a pesar de todo lo dicho. Patricia había logrado convencerse de que su familia no quería el bien para ella, y que la mayoría de sus relaciones sólo tenían algún interés perverso de por medio, sólo Santiago la podía querer bien, ella era su mujer, sólo eso debía importar.
El departamento estaba vacío y desordenado, mucha ropa tirada sobre la cama fruto de la indecisión del momento antes de concurrir a una cita importante. El baño con el secador aún enchufado, los cosméticos diseminados frente al espejo, la humedad del agua de la ducha caliente aún presente.
Santiago se dispuso a esperarla. Recorrió las habitaciones de los chicos colocando cada juguete según su estricto orden, aquel que Patricia nunca sabía mantener. Aburrido ante la tardanza de su mujer, encendió la computadora. Tentado como otras veces abrió el correo de Patricia, y comenzó a leer. Los acostumbrados mails de Teresa, la gente del trabajo, alguno de la familia, un nuevo contacto. Atraído por el imán de la curiosidad lo abrió inmediatamente. Era de Pablo. ¿Pablo? Le sonaba familiar ese nombre en los comentarios de Patricia. Pablo, su compañero de trabajo. Pero el mail no tenía el tono de un amigo, algo más había entre ellos. El fantasma de la infidelidad abrió la cicatriz de un amor obnubilado por los constantes celos. Eso no podía estar sucediendo.
Cuando llegó Patricia, discutieron. No quería decir dónde había estado y Santiago empezó a gritarle con violencia. Ella tomó el teléfono para llamar a la policía, viendo como Santiago cerraba la puerta del departamento con llave y junto con el juego de ella las guardaba en su bolsillo. Antes de terminar de marcar Santiago estaba sobre Patricia tumbada en el suelo del comedor. Las manos sobre el cuello de ella ejercían la fuerza de una furia que crecía más y más. Hasta que Patricia dejó de pelear.
Ella tenía la culpa de lo sucedido. Sólo ella. Amar y poseer se conjugan de manera indistinta cuando se quiere con locura. Pero de las locuras del querer nadie se ocupa. Y eso lo saben todos.
Cuando la intrusión acústica de la bronca descomunal de un par de vecinos en prácticas pugilísticas se mete en tu hogar, no hay almohada que te salve de escucharlos. ¿cómo intervenir en su historia sin pasar a ser parte del balance de los damnificados? ¿Callar y dejar que se disuelvan en su ácido sulfúrico? ¡con lo fácil que sería mediar en enfrentamientos tontos para ayudar a soluciones evidentes! Todo lo que quieres es paz, regresar a tu meditación y silencio, a tu autodefensa poética, y olvidar que los demás se siguen matando por centímetros y por centavos.
ResponderEliminarMe gustò tu relato,y claro que es un final anunciado ,lamentablemente a veces ocurre cuando una relaciòn ha sido tan desgastada por la rutina y el desamor que esta muerta o mantenida con vida en forma artificial .A medida que leìa los primeros pàrrafos ,imaginaba que Santiago la iba a encontrar con su amante en el departamento ,claro que ese era un final anunciado màs propio de la era pre-computadora , no ? .Prometo leer todos tus textos anteriores (Horacio o Espartaco)
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