martes, 10 de agosto de 2010

Encuentro en el subte


Otro día más durmiendo en la puerta de la iglesia, de aquí no lo sacan… Entumecido por la dureza del suelo, el Colo se saca de encima la frazada sucia y deteriorada que cubre su cuerpo. Cree que es lunes, porque escucha aquella canción que suele poner el cura de la parroquia para empezar la semana, aquella melodía dulce pero tonta que parece ofrecer el mejor de los días.
Es temprano, pero recuerda que debe irse, a ver cómo se presenta el día. Hay que llegar a Constitución para buscar estampitas para repartir en el subte, por ahí hoy la gente está más generosa. Es hora de juntar las cosas, y partir.
Llega a Constitución, al proveedor de postales, hay muchos compañeros de jornada allí. El que atiende en el lugar da la conocida exposición de reglas de todos los días a los chicos allí presentes: “Formen una fila en el mostrador del costado que se les irán dando las estampitas allí, se les informará el precio de las mismas.
En orden en ese sector por favor. Se atenderá a todos”. Ramón, el que nunca se queda callado, responde con falsa rebeldía: “¿Che, no hacemos todos los días lo mismo? ¿Necesitás repetirlo una vez más?”. El hombre lo mira con enojo, pero ante la respuesta sumisa de todos los chicos a su pedido, decide callar, cree que es mejor así.
A media mañana, estampitas en mano, el Colo se dirige al subte para practicar la nueva estrategia: con su mejor sonrisa le ofrece la mano a la gente, los saluda y les deja una imagen, esperando a su regreso alguna moneda del más solidario. Esta estrategia le viene dando buen resultado.
Fede está en el colegio, pensando que hoy tiene sesión con el psicólogo. Y todo es por esos muros del patio, siempre blancos, que hace unas semanas escribió para protestar contra el castigo injusto del monitor de deportes. Lo descubrieron y llamaron a su mamá, le recomendaron que pidiera ayuda profesional, Fede estaba muy rebelde, y sabiendo todos los problemas familiares que se habían desencadenado últimamente, lo mejor era buscar ayuda para volver a encausar su disciplina.
Por eso desde hacía un mes todos los lunes la mamá de Fede llegaba corriendo del trabajo para llevar a su hijo al psicólogo. Todos los lunes, como el ritual necesario de aceptación y pago de las sesiones, luego de la consulta, pasaban por un kiosco para comprar golosinas y comerlas antes de llegar a casa, mientras viajaban en el subte, así Fede tenía el privilegio de algo no compartido con su hermana.
Ese lunes estaba el Colo repartiendo estampitas en el subte, dándole la mano a la gente que estaba en ese momento viajando. Fede estaba abriendo el último de sus Lenguetazos, el de frutilla, cuando el Colo se detuvo ante él. Su cara se trasformó ante la presencia de la dulzura ácida de la golosina. Por un instante eran dos chicos de 10 años deseando lo mismo, no hubo ninguna diferencia, no hubo sociedad ni clase presente. Tampoco hubo palabras, pero Fede comprendió que debía compartir su Lenguetazo, por lo cual tomó un trozo grande para dárselo, no todo, porque es demasiado rico. La cara del Colo se iluminó por un momento ante su improvisado amigo. Fede buscó en la bolsita que le habían dado en el kiosco, todavía quedaba un paquete de pastillas; las sacó y se las entregó al Colo. Y allí todo volvió a la realidad, Colo improvisó un tímido gracias, tomó el regalo de Fede y siguió su rutina de dar la mano y una estampita, con su mejor sonrisa. Antes de bajar le dirigió una mirada a su inesperado amigo y lo saludó.
Sólo fue un instante más en la rutina del viaje en subte, un instante sin importancia y que la mayoría olvida a los cinco minutos de haber ocurrido. Sólo para aquellos que pudieron percibir su significado fue el mágico instante conquistado por dos chicos al utópico mundo en donde todos somos iguales.

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