domingo, 17 de abril de 2011

El jardín de las hadas


Se levanta tempranito, cuando escucha el canto del benteveo llamándola a la aventura. Piel muy blanca, cachetes regordetes, el pelo muy lacio crea el marco a la cara bien redondita, graciosa. Los ojos vivos e indefinidamente verdes quieren averiguar ya cuál es la agenda de hoy.
Vestirse rápido, rápido, con lo primero que hay. Peinarse. ¡No! La abuela no se toma el trabajo de exigirlo, y la madre sale a trabajar muy tempranito. La leche… no le gusta, después, después la tomará.
Hay que internarse en el jardín, para saludar a los escarabajos con cuernos, aquellos que torpemente caminan sobre un pasto corto, tambaleando entre el verde. Del nido de gorriones ningún pichón falló en la prueba de vuelo, así que no hay trabajo de enfermera. Las calas esconden hoy sólo dos arañas dentro de las casitas blancas con el pilar amarillo: una de las patilargas y otra colorada.
En el rincón, la corona de novia ha inundado de blanco la tierra que la circunda. El laurel espera que alguna de sus hojas sea arrancada por algún vecino para terminar en algún guiso, deliciosa señal del que debe lavar los platos al terminarlo.
Atrás, el exquisito olor se ha convertido en redondas naranjas, dulces muy dulces que Daniela toma para desayunar, Un corte y a apretarla sobre la boca para tomar todo el jugo.
Allí está esperándola el viejo ciruelo, con su copa esparcida a lo redondo, bajito para que se pueda trepar y cobijarse. Daniela se queda mirando desde allí todo ese mundo latente, colorido, silencioso pero en movimiento, que la acompañará durante toda la jornada. Han comenzado las vacaciones, la abuela sólo quiere una nieta disciplinada, y mamá no está para los permisos.
La ramita más lejana, aquella iluminada y llena de ciruelas aún turgentes, acaricia la cara de Daniela. Ella le cuenta sobre las arañas, los escarabajos, el sabor de las ensaladas que prepara con las plantas más carnosas, la dulzura de la naranja, la aspereza de los nísperos y de Germán, que pasará en la bicicleta, haciendo ruido al doblar la esquina para saludarla.
Mientras pasan las horas, mecida por las ramas generosas, Daniela habla con su hada madrina, esa que salió del cuento de Cenicienta para convertirse en su amiga. Una a una pasan las hadas de voz dulce para contarle en el oído los juegos de sus niños protegidos.
Daniela no está sola, no.
Daniela tiene vida, mente y alma en forma de seres especiales que la acompañan. Esos que ha saludado uno a uno en ese día. Esos con los que habla de todo lo que pasa.
Por supuesto que Daniela no está sola.
Daniela está en el país de los sueños.

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