
Cómo se puede estar sin tu presencia, sabiendo que el tiempo se detuvo en tu reciente adolescencia aquella tarde trágica que jamás podré olvidar. Estabas al lado mío, cerquita, discutiendo como siempre para que apuraras el poner el seguro de la puerta y el cinturón.
- Uff, mamá, ya va, sos una rompe…
Qué húmedo ajedrez se estaba jugando aquel día, con la calle mojada en otro día porteño de lluvia, aquel momento de la movida fallida, la de pasar apurada la bocacalle, calculada para la frenada de un colectivo que no sucedió, dando jaque mate a la reina que perdió por la puerta a su pequeño alfil al descubierto.
Ya están llegando las amistades del colegio, con sus caritas consternadas ante una muerte que debía esperar que el cuerpo creciera. Esas caritas llenas de miedo ante el hecho inusual y desconocido, algunas de ellas con húmedas burbujas deslizándose por sus mejillas, otras, las de los más tímidos, sólo mojadas como lluvia en un palangana con esponjas, que se seca apenas cae el agua en ella.
Qué hacer cuando no hay nada más que la niebla de la culpa, del no debería haber sido, del deseo de volver el tiempo atrás que nunca se realizará. Ya no se puede ver bien, ya se siente vacío y soledad, no hay nadie en los cafés repletos ni en las reuniones con amigos, ni siquiera con familiares. Ya no hay nadie porque todo parece haber perdido el sentido.
En el medio de la pesadumbre de mis sentimientos oigo una voz dulce e infantil, aquella que despierta toda mi ternura.
- Hola tía, ´tas triste?
La humedad de un beso con restos de caramelo me devuelve el alma por un instante para conectarme con la realidad de la vida que me rodea. Sus cuatro añitos sólo le permiten percibir mi estado de ánimo, pero no comprende el significado de final que da la muerte. Para él sólo vale este presente, en el cual su tía está triste, aunque no sabe bien por qué.
- No, amor, ya la tía estará mejor, no te preocupes.
Solucionado el foco de atención primero, Hernán comienza a investigar a una hormiga que trata de salir de una maceta.
- Bicho aquí, aquí contra esto. No se sale de aquí.
El pequeño insecto insiste una y otra vez en su intento por escalar la maceta mientras el pequeño índice de la mano de Hernán lo lleva hasta su posición original. Ya nada le llama la atención, más que ese animalito tratando de imponer su instinto. Yo me quedo embriagada mirando la escena, no hay nada más alrededor que la hormiga, mi sobrino y yo, en ese presente que no analiza ni el futuro ni el pasado, que sólo existe, permanece, es y se mueve sin noción del tiempo, ese tiempo que a veces nos castiga con la carga de una historia o la incertidumbre de lo que no conocemos y puede pasar.
Por un instante siento que no pasó lo que realmente pasó. Por un instante siento que el presente aún sigue en mí, aunque quiera cambiar la historia que ensombrece mi futuro. Por ese instante comprendo que aún pertenezco a este mundo en donde la vida y la muerte son parte de nuestra naturaleza y así deberé aceptarlo.
No debo preocuparme, ya pasará. La tía estará mejor.
De los lejanos ayeres idos, de aquellos de ternura y primeras exploraciones, quedan los recuerdos del recuerdo y no los hechos mismos. Una noción de las ausencias ocupa los lugares donde uno sabe que estuvo presente y de lo que ya no queda ni escenario ni memoria segura. Los sitios se desdibujan lo mismo que las caras. Por suerte salvamos la primera mirada, aquella que nos hizo exploradores e implacables en los interrogantes por los que seguimos preguntando.
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