viernes, 31 de diciembre de 2010

En el Edén

Otro verano pasó. Aquí de nuevo en El Edén, en una de sus amplias habitaciones, pero sola, en otro congreso más, otro más. Tu historia es uno de esos recuerdos que me toca en lo profundo, en la tristeza de lo que no fue, porque nunca podía ser. No se puede cambiar el rumbo de la vida repentinamente, borrar lo que vamos escribiendo de a poco, no, aunque todo tu ser lo desee.
Estabas allí, alto, con tus ojos negros, muy negros, duros y tiernos a la vez. Allí estabas con tu ceño fruncido discutiendo acaloradamente. Había que cambiar el mundo, pero nadie te hacía caso. Había que hacerlo. Reunión tras reunión de grupo, día tras día, año tras año, toda tu vida en eso.
Allí estaba yo observándote, admirando, envidiando tu vehemencia, tu libertad para hablar en voz alta y gritar lo que pensabas. ¿Cómo podías animarte? ¿No te importaba lo que pensaban los demás?
Nada pasó, nada podía pasar con vos entre tus compañeros de grupo y yo entre los disertantes del congreso. Nadie podría creer que la brillante doctora pudiera reparar en el renegrido activista. No a la luz de día. Ni una mirada, ni una caricia, un acercamiento o algo que delatara que íbamos a estar cerca, muy cerca.
La oscuridad fue nuestra aliada para aquel primer encuentro en el jardín, con las suelas mojadas por la hierba húmeda, la brisa fresca sobre la piel temblorosa. Conversamos, de todo y de nada en particular, de la vida, del mundo, de los seres humanos, de las almas en pena, de lo que debería ser y de lo que es. De nada personal, ningún dato, como preservando un mudo pacto de no encuentro, no más que en una intimidad secreta para nuestro entorno.
Tu habitación fue la espectadora de nuestro deseo, aquel que nos llevó a las caricias, los besos, los jadeos, las palabras tiernas. No hubo más que eso, ninguna promesa ni pregunta sobre el pasado o el futuro. Sin despedirme, sigilosamente fui a mi habitación antes que la luz apagara el encanto, aquel tácitamente prohibido por nosotros.
La oscuridad fue nuestra aliada por los cinco días que duró nuestra estadía en El Edén. Tu cama nuestro cómplice silencioso. No hubo más que esas cinco noches intensas, prohibidas, en ese pequeño paraíso protegido por el no saber y el no contar. Nada más que nosotros dos sabiendo que eso era lo que teníamos, que podíamos escribir nuestra novela, porque eso estaba permitido, siempre y cuando quedara encerrada en unas prolijas páginas blancas de un libro oculto, aquel que atesoramos sólo para nosotros.

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