
La palidez de su rostro me asusta, como si la vida se hubiera tomado un descanso de su cuerpo y la sangre se hubiera cobijado en la oscura cueva de sus huesos.
Estás quieta, triste, casi inmóvil en el sillón. La cercanía de un final lento refleja en calma la pasividad de nuestra espera. Aquello que ya ni asusta porque está presente y no hay camino alguno para eludirlo.
Tu palidez y tu quietud me empujan a la necesidad de volver al presente nuestros recuerdos, aquellos que nos embriagaran tantas veces, mucho más que el whisky y el humo que envolvió nuestro primer encuentro.
Fuimos tan libres en aquellos años, nada importaba más que el presente y el placer de estar juntos. Unidos para todo, sin problemas, sin ataduras, sin tu padre censurando tu alma de artista, sin mis amores en un país lejano, nada importaba. Tu piel suave y fresca me enloquecía, hasta volverse tan adictiva como el whisky y el humo, o más tal vez, como la droga que nos elevaba más allá de nuestra imaginación. Esa droga por la cual perdimos la razón tantas veces, y terminamos esclavizados a ella más que a nuestro amor. Vos más que yo, mucho más que yo.
En la clandestinidad de aquellas malditas reuniones a los que nos llevaron nuestras adicciones regalaste tu vida, aquella que fue comiendo de a poco esa ínfima partícula que se infiltró en la jeringa compartida. Síndrome de inmunodeficiencia adquirida, SIDA, positivo decía el análisis. Vos, solo vos en esto, no yo. Pero, ¿qué carajos importa? Ahí está, dentro de vos, tomando una parte de mi alma también, consumiéndola poco a poco., dejándome indefenso ante lo que no hubiera querido aceptar nunca.
Estás ahí ahora, negándote a seguir con el tratamiento, cansada de luchar por una vida que se escapa, que te invalida, aisla y condiciona. Tu mansa resignación me da ternura y vergüenza. Ternura por tu necesidad de protección que proclama en rebeldía, vergüenza por no poder hacer nada más que mirarte y esperar con vos que todo acabe, para cargar con las culpas de lo no hecho y ocurrido, para cargar con tu vida sin la mía.
Te dormís en mis brazos: Poco a poco vas cayendo, cada vez más pesada tu cabeza en mi pecho. Te acaricio eternamente la piel que parece haber envejecido 20 años sólo en uno.
Ya está amor, ya no más, ya puedes olvidarte de lo que significa respirar.

