viernes, 31 de diciembre de 2010

Ante la muerte













La palidez de su rostro me asusta, como si la vida se hubiera tomado un descanso de su cuerpo y la sangre se hubiera cobijado en la oscura cueva de sus huesos.

Estás quieta, triste, casi inmóvil en el sillón. La cercanía de un final lento refleja en calma la pasividad de nuestra espera. Aquello que ya ni asusta porque está presente y no hay camino alguno para eludirlo.
Tu palidez y tu quietud me empujan a la necesidad de volver al presente nuestros recuerdos, aquellos que nos embriagaran tantas veces, mucho más que el whisky y el humo que envolvió nuestro primer encuentro.
Fuimos tan libres en aquellos años, nada importaba más que el presente y el placer de estar juntos. Unidos para todo, sin problemas, sin ataduras, sin tu padre censurando tu alma de artista, sin mis amores en un país lejano, nada importaba. Tu piel suave y fresca me enloquecía, hasta volverse tan adictiva como el whisky y el humo, o más tal vez, como la droga que nos elevaba más allá de nuestra imaginación. Esa droga por la cual perdimos la razón tantas veces, y terminamos esclavizados a ella más que a nuestro amor. Vos más que yo, mucho más que yo.
En la clandestinidad de aquellas malditas reuniones a los que nos llevaron nuestras adicciones regalaste tu vida, aquella que fue comiendo de a poco esa ínfima partícula que se infiltró en la jeringa compartida. Síndrome de inmunodeficiencia adquirida, SIDA, positivo decía el análisis. Vos, solo vos en esto, no yo. Pero, ¿qué carajos importa? Ahí está, dentro de vos, tomando una parte de mi alma también, consumiéndola poco a poco., dejándome indefenso ante lo que no hubiera querido aceptar nunca.
Estás ahí ahora, negándote a seguir con el tratamiento, cansada de luchar por una vida que se escapa, que te invalida, aisla y condiciona. Tu mansa resignación me da ternura y vergüenza. Ternura por tu necesidad de protección que proclama en rebeldía, vergüenza por no poder hacer nada más que mirarte y esperar con vos que todo acabe, para cargar con las culpas de lo no hecho y ocurrido, para cargar con tu vida sin la mía.
Te dormís en mis brazos: Poco a poco vas cayendo, cada vez más pesada tu cabeza en mi pecho. Te acaricio eternamente la piel que parece haber envejecido 20 años sólo en uno.
Ya está amor, ya no más, ya puedes olvidarte de lo que significa respirar.

En el Edén

Otro verano pasó. Aquí de nuevo en El Edén, en una de sus amplias habitaciones, pero sola, en otro congreso más, otro más. Tu historia es uno de esos recuerdos que me toca en lo profundo, en la tristeza de lo que no fue, porque nunca podía ser. No se puede cambiar el rumbo de la vida repentinamente, borrar lo que vamos escribiendo de a poco, no, aunque todo tu ser lo desee.
Estabas allí, alto, con tus ojos negros, muy negros, duros y tiernos a la vez. Allí estabas con tu ceño fruncido discutiendo acaloradamente. Había que cambiar el mundo, pero nadie te hacía caso. Había que hacerlo. Reunión tras reunión de grupo, día tras día, año tras año, toda tu vida en eso.
Allí estaba yo observándote, admirando, envidiando tu vehemencia, tu libertad para hablar en voz alta y gritar lo que pensabas. ¿Cómo podías animarte? ¿No te importaba lo que pensaban los demás?
Nada pasó, nada podía pasar con vos entre tus compañeros de grupo y yo entre los disertantes del congreso. Nadie podría creer que la brillante doctora pudiera reparar en el renegrido activista. No a la luz de día. Ni una mirada, ni una caricia, un acercamiento o algo que delatara que íbamos a estar cerca, muy cerca.
La oscuridad fue nuestra aliada para aquel primer encuentro en el jardín, con las suelas mojadas por la hierba húmeda, la brisa fresca sobre la piel temblorosa. Conversamos, de todo y de nada en particular, de la vida, del mundo, de los seres humanos, de las almas en pena, de lo que debería ser y de lo que es. De nada personal, ningún dato, como preservando un mudo pacto de no encuentro, no más que en una intimidad secreta para nuestro entorno.
Tu habitación fue la espectadora de nuestro deseo, aquel que nos llevó a las caricias, los besos, los jadeos, las palabras tiernas. No hubo más que eso, ninguna promesa ni pregunta sobre el pasado o el futuro. Sin despedirme, sigilosamente fui a mi habitación antes que la luz apagara el encanto, aquel tácitamente prohibido por nosotros.
La oscuridad fue nuestra aliada por los cinco días que duró nuestra estadía en El Edén. Tu cama nuestro cómplice silencioso. No hubo más que esas cinco noches intensas, prohibidas, en ese pequeño paraíso protegido por el no saber y el no contar. Nada más que nosotros dos sabiendo que eso era lo que teníamos, que podíamos escribir nuestra novela, porque eso estaba permitido, siempre y cuando quedara encerrada en unas prolijas páginas blancas de un libro oculto, aquel que atesoramos sólo para nosotros.

La torta


Cada año te visito
vestida de distinta forma.
Soy al protagonista de tu día,
aquel que marcó el inicio
de tu existencia.
Este año accidentado
debía vestir con una gala especial.
Pasta de azúcar, clara e impecable
sobre la cual sostener
la pesada capilla
amarilla y blanca.
Elegiste frutillas con crema
para la primera capa

dulce de leche con nueces

para la segunda.
borrachita en oporto
endulzado con almíbar.
El dulce de leche no alcanza,
usaste el común
en lugar del repostero.
No había tiempo para heladera.
Cayó el blanco manto de inmediato
y sobre él la pesada capilla.
Pronto, corre, que no llegamos
a dejarla al salón
mientras la ceremonia se realiza
Mi interior húmedo escapa
por los costados aprisionados
y lloro aplastada
en la impecable bandeja.
Pronto, corre, hay que comprar otra,
más firme, más dura
donde colocar la hermosa capilla.
En el rincón de la heladera
con todo mi ser repartido
entre dos bandejas,
mi escurridizo dulce de leche
ha tentado tus papilas gustativas.
Y ante una cuchara de mi ser
en tu boca infantil,
he escuchado el único elogio

a mi anual presencia:

“Está rica, mamá.
Era como yo la quería.”