martes, 17 de mayo de 2011

Conociéndonos

Me quedaron mil quinientas cosas por decirte aún, pero sé que ese hasta otro momento es la señal del desencuentro. Ese que tantas veces sucede cuando las palabras desconocidas no se pueden interpretar asociadas a una persona, una cultura, un sentimiento.

¿Por qué podemos darle 20 oportunidades a nuestras papilas gustativas para decidir que un sabor no nos agrada y no llegamos a intercambiar más de una o dos veces palabras con una persona sin llegar a encasillarla en lo sus formas nos dicen? ¿No hay más de 20 diferencias entre los seres humanos que pueden dar una forma distinta pero una esencia parecida?

¿Acaso es más rápida nuestra percepción como para dar la idea exacta a nuestra mente y nuestro sentir de la verdad a la que intuitivamente debemos llegar?

Eso que nos llega del otro, que nos molesta, nos causa rechazo, ¿no es el reflejo de una parte nuestra?

Parece que vamos caminando con la pesada carga de una cultura, que nos condiciona a favor o en contra de ella, en rebeldía o sumisión completa, en los extremos seguros de lo definido a priori, y no aprendemos más que a pensar procesando información, a sentir sin comprender, a diferenciar sin primero igualar, a ubicarnos en el rincón más cómodo de una existencia limitada, entendiendo el orden como el estado de equilibrio por su menor energía, en el medio de un mundo naturalmente regido por un caos aún no dilucidado.

¿No es tiempo de que empecemos a detener esa rueda que nos ancla en este círculo vicioso de la incomprensión para poder mirarnos reflejados en nuestras propias igualdades? ¿No es tiempo de dejar las excusas de lado?

¿Tomamos un café mañana?

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