domingo, 17 de abril de 2011

Con ganas (color esperanza)

Hoy amaneció distinto. Realmente distinto. El cuerpo ya no duele, el alma está viva siguiendo el movimiento que viene de una nueva energía. Siento tu voz animándome una vez más.


Se que hay en tus ojos con solo mirar
Que estas cansado de andar y de andar
Y caminar, girando siempre en un lugar.

¡Tantas veces a mi lado esperando que la depresión pasara! Soportando las palabras negativas hacia toda nuestra vida.

Se que las ventanas se pueden abrir
Cambiar el aire depende de ti
Te ayudara, vale la pena una vez mas.

Hoy tengo ganas de ver la canción hecha realidad, mi realidad. Estoy con ganas de cantarla, sin que importe nada, sin un pero que cambie el deseo.

Saber que se puede, querer que se pueda
Quitarse los miedos sacarlos afuera
Pintarse la cara color esperanza
Entrar al futuro con el corazón.

Con ganas de desanclar mi corazón del pasado, independizarlo de lo que ya no tiene ni tendrá.
Vos te fuiste con tu carga de culpa y dolor, lo sé. Pero no es eso lo que más me preocupa, no. La magia de nuestra relación había terminado, y aunque me ha costado esta larga depresión que lleva dos años, no tengo ganas de volver a lo mismo.

Es, mejor perderse que nunca embarcar
Mejor tentarse a dejar de intentar
Aunque ya ves que no es tan fácil empezar.

Sí, hoy es distinto. Hoy estoy con ánimo. Con ganas de embarcarme en la aventura de volver a amar, desear, buscar. Con ganas de acelerar mi corazón sin miedo a que las heridas lo detengan, aunque sea por un momento.
Con ganas de no pensar, sólo actuar según mi sentir.

Se que lo imposible se puede lograr
Que la tristeza algun dia se ira
Y asi será, la vida cambia y cambiara

Sentirás que el alma vuela
Por cantar una vez mas

Con ganas de sentir las caricias sin pensar que puedan convertirse en la bofetada descuidada de quien engaña para aumentar su adrenalina. Con ganas de que el tiempo adquiera el significado de la espera para el encuentro. Con ganas de compartir la cama sin pensar que esos momentos pueden ser un vicio difícil de abandonar.
Con ganas de olvidar este tiempo tratando de superar esta depresión. Con ganas de olvidarme que el dolor de comprobar que tu amor era cosa del pasado causó mi caída. Con ganas de realmente creer que puedo ser tan fuerte como para soportarlo.
Con ganas de volver a vivir, de ser y no simplemente estar.

Vale mas poder brillar
Que solo buscar ver el sol

Con ganas de volverte a encontrar aunque sepa que el final será igual, pero que yo podré aceptarlo y volverte a encontrar en otro amor una vez más.
Con ganas de sentirme eternamente con ganas. Como hoy, que amaneció realmente distinto.

Nos encontramos el 23

Era el 23 de marzo del año 2000. Día lluvioso, cálido, pesado, como casi siempre en un atardecer porteño de otoño. La gente caminaba apurada para llegar a casa, peleando con los paraguas y el viento,
los charcos y los autos desordenados desparramando agua al pasar.
Débora miraba las hojas mojadas en el piso, lamentando no poder jugar con el ruido crujiente bajo sus pies. Llevaba el paraguas cerrado en la mano, ajena a todo, sin percibir la lluvia que se colaba hasta su ropa interior.Una voz firme, una presencia cálida la sacó de sus pensamientos.
- Eres el dos que iba a encontrar este día veintitrés. ¿Me podés decir tu fecha de nacimiento?
Débora miró a ese hombre alto, desgarbado que la estaba interrogando. No entendía bien lo que quería.
- Disculpame, siento conocerte de algún lado, ¿me podés decir tu fecha de nacimiento?
Resultaba un hombre muy agradable, en el cual se podía confiar.
- Nací el 22 de enero de 1977.
- Eres el dos, lo sabía.
Débora lo miró extrañada. Se quedó observándolo, perdida en el repentino pensamiento de verse unida a ese extraño. Muchos decían que tenía el don de manejar las artes adivinatorias, por su capacidad de anticiparse a los hechos con su pensamiento.
- Mi nombre es Demian. No conozco demasiada gente en la ciudad, ¿puedo caminar contigo mientras hablamos?
Demián comenzó el relato de su vida con la numerología, mientras caminaban lentamente.
- No es superstición de lo que voy a hablarte, es ciencia. Ciencia simbólica. Ciencia filosófica. La que comenzara con Pitágoras, el famoso matemático y filósofo que descubrió…
- El cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma del cuadrado de sus catetos. Uf, ¡si lo habré repetido!
- No es ese su mayor descubrimiento, sólo es el más conocido. Es su geometría, ese instrumento visual que permite conocernos a nosotros mismos. El triángulo divino que contiene las tres triadas en sus vértices con los tres componentes básicos del ser humano: instinto, sentimiento y pensamiento. Nosotros estamos en la tríada del sentimiento, somos los números primos de la misma: el 2 y el 3. Sólo podemos ser divididos por nosotros mismos, y juntos formamos el veintitrés, el número de cromosomas que unidos darán un ser humano, el número total de los símbolos, con los doce signos, los siete planetas y los cuatro elementos, y veintitrés es el día de hoy. Eres el dos, porque la suma de tu fecha de nacimiento da dos. Tienes la energía del amor y la sabiduría.
Una energía cálida los envolvía y repelía la humedad causada por la lluvia sin protección. Iban ahora caminando de la mano en un mundo que parecía haber detenido su tiempo para poder disfrutar el infinito en un segundo.
El carruaje se detuvo en la calle empedrada. Demian le tendió la mano a Debora para ayudarla a subir, mientras ella levantaba su vestido con el ruedo mojado por la calle en el día lluvioso. Se acomodó como pudo, con el agua que había llegado hasta su apretado corset . Demian siguió su relato, mientras el cochero animaba a los caballos a seguir el camino con paso cuidadoso.
- Nuestra relación tiene la proporción divina del número áureo, infinito e irracional, con una periodicidad que nunca termina, como esta conversación que comenzó un día 23, tan proporcionada como las nervaduras de esas hojas que no pudiste hacer crujir, doradas por el otoño, divinamente proporcionadas. Hoy es el día señalado para nuestra eternidad, el 23 de julio de 1732, con el 7 en la tríada del pensamiento. He pensado en ti por siempre.
Cuando bajaron del carruaje, una fuerte sudestada se desató, anunciando el aguacero que cayó como una cortina sobre sus cuerpos semidesnudos y bronceados por el sol. Corrieron a protegerse en su toldo, era el 23 de marzo del año 200 d.C. Las caricias y los besos les devolvieron el calor que se llevara el agua. Era el día del número 1, en el vértice del instinto.
Cesó la tormenta y todo volvió a la calma. Débora seguía mirando a ese hombre alto y desgarbado que le hablaba de un año especial, ese año, el 2000, con tres ceros, tres símbolos que expresan a Dios, al Todo o Nada, al que no se puede dividir, porque dividido cero es una indeterminación, y también una indefinición.
Tan indeterminado como el tiempo de amor y comunión de una pareja. Tan poco definido como la realidad comprendida por la mente humana.
Se despidieron sabiendo que iban a encontrarse otro día 23 de un mes y año indeterminado por el presente, pero escrito en el pasado y en el futuro.

El jardín de las hadas


Se levanta tempranito, cuando escucha el canto del benteveo llamándola a la aventura. Piel muy blanca, cachetes regordetes, el pelo muy lacio crea el marco a la cara bien redondita, graciosa. Los ojos vivos e indefinidamente verdes quieren averiguar ya cuál es la agenda de hoy.
Vestirse rápido, rápido, con lo primero que hay. Peinarse. ¡No! La abuela no se toma el trabajo de exigirlo, y la madre sale a trabajar muy tempranito. La leche… no le gusta, después, después la tomará.
Hay que internarse en el jardín, para saludar a los escarabajos con cuernos, aquellos que torpemente caminan sobre un pasto corto, tambaleando entre el verde. Del nido de gorriones ningún pichón falló en la prueba de vuelo, así que no hay trabajo de enfermera. Las calas esconden hoy sólo dos arañas dentro de las casitas blancas con el pilar amarillo: una de las patilargas y otra colorada.
En el rincón, la corona de novia ha inundado de blanco la tierra que la circunda. El laurel espera que alguna de sus hojas sea arrancada por algún vecino para terminar en algún guiso, deliciosa señal del que debe lavar los platos al terminarlo.
Atrás, el exquisito olor se ha convertido en redondas naranjas, dulces muy dulces que Daniela toma para desayunar, Un corte y a apretarla sobre la boca para tomar todo el jugo.
Allí está esperándola el viejo ciruelo, con su copa esparcida a lo redondo, bajito para que se pueda trepar y cobijarse. Daniela se queda mirando desde allí todo ese mundo latente, colorido, silencioso pero en movimiento, que la acompañará durante toda la jornada. Han comenzado las vacaciones, la abuela sólo quiere una nieta disciplinada, y mamá no está para los permisos.
La ramita más lejana, aquella iluminada y llena de ciruelas aún turgentes, acaricia la cara de Daniela. Ella le cuenta sobre las arañas, los escarabajos, el sabor de las ensaladas que prepara con las plantas más carnosas, la dulzura de la naranja, la aspereza de los nísperos y de Germán, que pasará en la bicicleta, haciendo ruido al doblar la esquina para saludarla.
Mientras pasan las horas, mecida por las ramas generosas, Daniela habla con su hada madrina, esa que salió del cuento de Cenicienta para convertirse en su amiga. Una a una pasan las hadas de voz dulce para contarle en el oído los juegos de sus niños protegidos.
Daniela no está sola, no.
Daniela tiene vida, mente y alma en forma de seres especiales que la acompañan. Esos que ha saludado uno a uno en ese día. Esos con los que habla de todo lo que pasa.
Por supuesto que Daniela no está sola.
Daniela está en el país de los sueños.